Superar la PIBadicción para generar empleos dignos

Muchas personas estamos ocupados en construir una economía que genere empleos dignos en nuestra sociedad. La pregunta que se nos hace con frecuencia es cómo podemos colaborar entre todos a que esto sea así y la respuesta no es fácil porque la economía, lo mismo que la realidad, es compleja y modificarla no es tarea sencilla. Esta dificultad no debe hacernos desistir nuestro empeño en transformar la realidad, ya que el camino hacia una mejora en la economía es algo que vale la pena y debemos ponernos manos a la obra para conseguirlo. Aclarada esta dificultad creo que no sería necesario (aunque lo voy a hacer) decir que lo que propongo en este pequeño artículo no comprende todas las acciones a realizar para transformar el mundo en el que nos encontramos, son solo algunas cuestiones que pueden sumar, pero que no agotan todo lo necesario para mejora nuestro entorno.

Lo primero que quiero nombrar es que nuestro sistema económico tiene dificultades para crear empleos dignos porque no se lo propone seriamente. Es decir, el objetivo económico principal de nuestra sociedad no es poner la economía al servicio de las personas, no es generar empleos dignos, no es ayudar a acabar con la pobreza, no. El objetivo principal de nuestra economía es el crecimiento económico, es lograr tener más y más entre todos, alcanzar un incremento continuado del producto interior bruto. Por ello hemos montado toda nuestra organización económica de manera que padecemos una “PIBadicción”. Solo a través del crecimiento puede funcionar bien nuestra economía. Si no crecemos, toda la economía se viene abajo y las consecuencias son negativas para las personas y para las economía en su conjunto.

Para sostener esta PIBadicción legitimamos el comportamiento egoísta de las personas y de los agentes económicos. Veamos dos ejemplos de esto con las empresas y los consumidores. La actuación empresarial se pone con frecuencia al servicio de la obtención de beneficios para sus propietarios-accionistas. La concepción reduccionista de la empresa actual considera que toda ella debe estar al servicio de incrementar las ganancias de sus propietarios, lo que lleva a que los trabajadores sean vistos únicamente como un factor de producción cuyo coste hay que abaratar lo máximo posible para poder mejorar el margen de beneficios. Otro tanto lado tenemos el comportamiento de muchas economías domésticas que buscan comprar lo más barato posible para poder adquirir más cosas con los ingresos que tienen, con la convicción de que tener más les va a llevar irremediablemente a estar mejor. Por ello, no miran más allá del precio del producto y se ciñen a la comparación de precios entre unos bienes y otros para acabar adquiriendo el más barato.

Estos egoísmos son buenos para el crecimiento económico (como ya apuntaba Keynes hace algo más de ochenta años). En la medida que lo queremos todo para nosotros, compartimos poco, pensamos poco en los demás y nos limitamos a maximizar lo nuestro, conseguimos más para la suma general que supone el PIB y ello nos lleva a que lo que tenemos entre todos sea cada vez mayor. Es necesario apostar por un cambio de mentalidad que nos lleve a trabajar de otra manera, a superar nuestra PIBadicción. Esto no es solo una labor del Estado (que lo es) sino también de los agentes económicos que con nuestro comportamiento diario apoyamos esta manera de organizar la economía.

Dos son las actuaciones que voy a recordar en este breve artículo y que pueden ayudarnos a plantear la economía con otros parámetros. La primera es un cambio necesario en las empresas que les lleve a poner en un primer lugar lo que se denomina la “Función Social de la Empresa” (FSE) que está compuesta por tres elementos. El primero es producir bienes y servicios útiles para la sociedad. El segundo ofrecer ingresos dignos a quienes allí trabajan y servir de cauce para que las personas que están en la empresa junten sus esfuerzos con otras personas para trabajar a favor de la sociedad y para que maduren como tales a través de un componente intrínseco a su ser como es el trabajo. El tercer componente es la colaboración al desarrollo del entorno geográfico y social en el que se encuentra la empresa.

La segunda actuación es el cambio de mentalidad de los compradores. El criterio de compra debe de ir más allá del precio e incorporar la preocupación sobre cómo están produciendo las empresas a las que se compra. Es lo que se ha venido a denominar la “compra responsable”. La actuación de aquellas personas que a la hora de adquirir un bien no solo miran el precio, sino las condiciones laborales, ecológicas, sociales y éticas que tiene la empresa que produce ese bien o servicio para decidir adquirirlo o no. La introducción de estos criterios de compra permite que el comprador también colabore en la potenciación de aquellas empresas que pagan mejores salarios a sus trabajadores, que tienen mejores comportamientos sociales y medioambientales, que generan empleos en la provincia, etc.

Para combinar estas dos actuaciones se precisa un nexo que las una: la transparencia en las condiciones sociales y medioambientales de producción. Sin ella el comprador no puede elegir entre una empresa u otra y estas no pueden hacer valer sus diferentes comportamientos en estos aspectos ante otras empresas que no los desarrollen. Para ello han aparecido sistemas de acreditación de comportamiento ético y social de las empresas. Estos son el nexo entre los dos cambios de mentalidad. Estas actuaciones sencillas, son un paso adelante para liberarnos de la PIBadicción y colaborar entre todos a una labor en la que toda la sociedad debería implicarse.

UN ARTICULO DE

Enrique Lluch Frechina

Profesor de economía de la Universidad CEU Cardenal Herrera

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